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Afganistán

De visita en el Reino de la Muerte
Afganistán no pertenece a Asía Central, pero de todos modos es un excelente complemento y por ese motivo merece ser agregado al conjunto

Acabo de poner pie en este país, observo a mi alrededor y me pregunto: «¿Cómo occidente se permite perder hombres, dinero y tiempo en venir a luchar contra esta gente?». Realmente, no logro entender el porqué de esta guerra, entonces, como pasatiempo voy a revolver la perola donde cuecen juntos verdaderos y falsos argumentos: «Las condiciones de este pueblo son terribles y un porcentaje importante apenas supera al hombre primitivo. Creo que gracias a la fuerte expansión económica China, empiezan a conocer herramientas y utensilios. Les comento que estoy dando mis primeros pasos por Kunduz, no muy lejos de la frontera. En este reino de adobe y leño rústico lo único que veo acorde a estos tiempos son las armas.
Icono afgano
Un buen hombre




















No soy quien para lanzar soluciones al viento pero si tuviera la posibilidad de hacerlo a mi manera, cerraría las fronteras para luego negociar a cambio de ayuda humanitaria. Estoy seguro de que haciendo un buen trabajo la Muerte, cargando su maldita guadaña de polvo blanco quedaría encerrada entre estas montañas. De esta manera, la heroína que producen en cantidades preocupantes quedaría encerrada en el país sin mercado y los campesinos se verían obligados a optar por cultivos alternativos al que producen la droga.
Los niños son una pesadilla, tienen hambre y muchos han perdido a sus familias. Piden y me tocan con la punta del dedo como si fuese un extraterrestre. De todas maneras son muy simpáticos el problema es que aquí desviar la atención un momento es la diferencia entre la vida y la muerte. Además, ellos me ponen en evidencia y esa situación altera mis nervios; este es un sitio distinto y las precauciones nunca son pocas. Todavía he conseguido transporte para seguir viaje pero ese detalle me tiene sin cuidado y mientras tanto curioseo por un laberinto de callejuelas donde algunas casas están enteras y otra a punto de caer por el peso de un mar de agujeros de bala.


No flamean por falta de viento pero las banderas verdes y afganas, que representan a los dos bandos, plantadas sobre el terreno en el mismo lugar donde cayeron los hombres, aquí como en otros sitios, abundaban y por momentos me da la sensación de que estoy pisando algún muerto. Inmerso en un escenario de película pensaba que el sitio ya se había ganado un lugar en mis recuerdos cuando el genio insistió en reforzar todavía más el argumento e hizo aparecer una manada de camellos donde cada animal transportaba dos veces su volumen en pastos y solo llevaba al descubierto, parte de las patas y la cabeza. “Simples y gratas sorpresas a cada paso, así se forma una vida llena”.
Camellos
Necesitaba echar un bocado y me senté en un sitio donde ofrecían comida. Frente al local había una carnicería y la carne estaba colgada en la misma acera donde un armazón de palos sostenía unas lonas deplorables que protegía del sol la mercadería. Solo del sol porque al polvo y las moscas no había barrera que las detenga y tenían montado su banquete. En esas condiciones estaba la carne mientras que sucio, a más no poder, se muestra el comerciante que espera clientes como si las miles de alas y patas están allí para garantizar la calidad del producto. Había un menú pero después de las imágenes ordené una bebida caliente dos huevos fritos y un poco de pan afgano cocinado en horno de barro.

Con el estómago a gusto pensaba que de peldaño en peldaño se llega a la cima y me preguntaba: ¿Hay una cima en este viaje? Entonces reflexiono y agrego: «¡Vaya estúpido! Además, pago para jugar a esto —pero hay otra parte de mí que siempre está pronta para la aventura que responde—. “Calla, diviértete y anda” —era gracioso, entonces, extiendo la disputa de mis personalidades con una pregunta—: ¿Y quién se divierte?» «…»

Sentía que durante el corto tiempo que había permanecido en la ciudad, había dado mucho el cante entonces sin más demora fui en busca de un taxi de larga distancia. Fuera de Kunduz nubes de polvo quedaban detrás del vehículo y las piedras hacen todo lo posible para destrozar el carro.

Los descansos en el camino, para refrescarme o comer, contribuyeron a que me haga una idea más clara del país y su gente.

Montañas áridas y valles verdes se interrumpen para dejar pasar el camino. Disfruto del paisaje, las elevaciones están entre las más bellas que he visto. En el coche reina el silencio y para matar el tiempo repaso la situación de este sitio donde la vida y la muerte se disputan el reino de lo absurdo. Viajo pegado a la ventanilla viendo pasar el paisaje y en cada oportunidad de cruce con soldados occidentales veo el terror pintado en el aire que los rodea; en los militares afganos no sucede lo mismo porque para ellos la guerra está integrada en su vida como el perro a la familia. En un momento profundizo y la tristeza gana fuerza en mis adentros porque entre las hostilidades que se están intensificando, las minas antipersonales y los pertrechos sin explotar sembrados por el terreno me van a robar la libertad para ir donde quiero. Deseaba visitar el sitio donde los ojos del Patrimonio Universal lloran por la destrucción de los Budas de Bamiyàn; Patrimonio de la Humanidad, perdido


Volviendo aquí y ahora, las aldeas se suceden y da mucha pena ver a mujeres desesperadas que aprovechan las curvas del camino donde los conductores se ven obligados a aminorar la marcha para sentarse en el suelo y, bajo el burka de color celeste, sufrir ese conjunto de malas condiciones con la esperanza de que algún piadoso le lance una moneda desde un vehículo. Un escenario terrible que empeora de forma directamente proporcional a la disminución de la distancia con la capital. «Para aliviar el padecer de esta gente los internacionales lograron asfaltar los caminos principales y llevar electricidad a lugares remotos pero la mayoría de la población vive en construcciones de barro con bloques tallados, directamente, de algún yacimiento de arcilla. Hasta un oso, en su cueva, tiene condiciones higiénicas superiores a la de este pueblo. ¿Cómo viven? ¡Por Dios! En el mejor de los casos el servicio es un agujero al que de tanto en tanto lo desinfectan con un poco de ceniza ¿Desinfecta la ceniza? —Como la pregunta no me cuadra complemento con una sucesiva—: ¿O estaba allí para ser utilizada en lugar del papel higiénico? —Sin respuesta y sin rumbo continúo paseando a lomo de mis pensamientos—.
Aquí, donde bombas y balas le quitan el protagonismo a las enfermedades más temibles, abundan las viudas, niños huérfanos y mutilados de guerra. Siguiendo la enumeración fatídica puedo decir que sobran enfermos, faltan centros hospitalarios, hay bárbaros quemando escuelas y matando maestros. Por todo eso y mucho más, creo que es necesario que occidente deje de guerrear a lo tonto en esta guerra porque lo que no mata en Afganistán lo hace en casa. 
Restos de la guerra con los soviéticos

Cultivo de dormidera
Los talibanes, en su mayoría son de etnia Pashtún educados en las madrazas de Afganistán y del vecino Pakistán. Occidente para derrotarles se valió de los clanes, también de etnia Pashtún, llamados: “Señores de la Guerra”. Con la derrota, los fundamentalistas se retiraron, pasaron a la clandestinidad e intentan volver a hacerse fuerte en las montañas mientras los clanes vencedores, gracias a la ayuda del ejército internacional, recuperaron el territorio y en los valles fértiles multiplicaron el cultivo de la dormidera productora de la maldita esfera carcomida por los tallos que le infringe el hombre para recoger el “Jugo del diablo” que una vez procesado se transforma en morfina y sintetizando esta se llega a la heroína: “La misma Muerte”. Esta última no debe confundirse con otras drogas, ni las demás con esta. La heroína, engancha rápido y mata, pero antes de hacerlo se encarga de que sepas que te has embarcado en el peor de los viajes. Volviendo a los Señores de la Guerra, mientras la violencia no para de cobrarse vidas inocentes, este grupo que se quedó con la tierra, también recibe un constante pellizco del dinero fresco que llega a través de los fondos de donantes para Afganistán.



La situación política y económica acomodada de estos caudillos del territorio aumentó sus facilidades para cultivar y procesar la droga. Antes exportaban la pasta de opio cruda, ahora descubrieron que el gran negocio es entregar el producto terminado. En lo que llevo de camino he visto por todos lados chimeneas largando humo y he sentido el olor inconfundible de las cocinas de droga. Antes no disponían de los productos químicos para poder hacerlo; ahora la situación ha cambiado: ¿Será qué gente de la coalición está metida en esto? Mientras ellos incrementan sus riquezas, el mundo y en especial Rusia y los países del Este, alargan sus listas de muerte por esta droga. Las guerras son todas inútiles pero ésta, además, es una de las más tontas. No termina, no se gana y estamos aliados con quien nos envenena en casa…».

Es noche cerrada y estamos llegando a Kabul, viajo en uno de los primeros coches de una fila que rueda detrás de una patrulla. Los soldados se encuentran incómodos e intentan intimidarnos con un reflector potente para que alarguemos el gap entre los vehículos.

A locos es difícil ganarles, los conductores aceleran y van reduciendo la distancia hasta que uno de los ocupantes de la patrulla se sienta sobre la ametralladora antiaérea y comienza a disparar contra el suelo.

Los trozos de asfalto que arrancan los disparos vienen hacia nosotros como platillos voladores. Un susto de muerte, un parabrisas roto y varios coches magullados hace que todos detengamos la marcha. Los civiles deben respetar la decisión de los soldados que a veces por su seguridad piden que los coches se mantengan alejados, en el intento de lograrlo, de noche utilizan un faro y de día el megáfono.

Kabul ciudad blindada

Alambre espinado, contenedores de hierro y tejido relleno de tierra para soportar las embestidas de los suicidas y los coches bomba. En cada cruce hay centinelas y por todos lados aparecen garitas acorazadas con bolsas de arena.

Abandono el coche, la luz era escasa y la sensación horrible porque el polvo era inevitable y a cada paso enterraba totalmente mis zapatos. Planeta Marte, otro mundo que terminaba en una pequeña plaza circular sin ninguna otra salida visible más que la calle por donde había llegado. Me hospedé donde me dejaron y a la mañana siguiente cambié de sitio.
Kabul
La legendaria Kabul, aquella que a finales de los sesenta vio como hippies llegados de lejos coloreaban con su presencia calles alegres por naturaleza. La capital que supo acoger con placer a todos aquellos que atraídos por la hospitalidad y la paz que reinaba entre sus montañas prefirieron quedarse aquí en lugar de seguir camino hacia la India. Aún hoy algunos hombres entrados en años, jóvenes a la época, recuerdan haber compartido alguna charla o fumado una cachimba de opio con aquellos aventureros de pelo largo, que viajaban en caravanas y le escapaban al agua. ¡Qué tiempos aquellos! Por defectos del hombre hay veces que las cosas empeoran y la capital de Afganistán nos regala el mejor ejemplo. Hoy la realidad es otra y Kabul se muestra como una urbe caótica crecida al pie de las montañas que la vigilan, cumbres que tocan el cielo y, a veces, en invierno se cubren de nieve. 

Otra imagen de Kabul

El río que atraviesa la ciudad, el mismo, que antaño recibía a las mujeres que en sus orillas lavaban la ropa, al momento, no es más que un cauce seco convertido en basurero. Aquí, como en el resto del país, un elevado número de leones se disputan unos pocos becerros. Más allá del pesimismo, desde mi punto de vista creo que es muy difícil que tantas fieras logren un acuerdo para sacar Afganistán adelante. En la capital las ruinas se apoderan de cada rincón, mientras el dinero que llueve fresco, para salvar la cara de América, suma bunkers en la zona de las embajadas. Cada pueblo por su propio peso debe: crecer, evolucionar y cambiar si así lo cree necesario. No se puede entrar en casa ajena e imponer una forma de vida a sus habitantes. Toda acción, conlleva una reacción y en un país donde un elevadísimo número de personas, jóvenes y adultas, el único oficio que conocen es la guerra, sumado al fanatismo religioso, que los alienta a dar la vida por la causa, el final de las hostilidades está lejos. Los gobiernos occidentales se llenan la boca de democracia, parlamentar es parte de ese sistema. Hablando con todos es más fácil llegar a un acuerdo que imponer la fuerza. Es Julio del 2008 y mis ojos así ven a Kabul.
Curiosidades del zoo
El alojamiento estaba como todo el resto: descuidado, sucio, además, en su caso sin clientes. Me dice conserje: “Para venir a este país a hacer turismo hay que estar loco”. Y yo respondo: “No es para tanto”.
Me dijo también que los atentados estaban cobrando más fuerza y que hay un ejército de hombres esperando que llegue su oportunidad para inmolarse por la causa. Secretos a voces que no deben preocuparme demasiado porque de hacerlo caería en las garras del pánico y no podría disfrutar del viaje. Tengo que decir que en esta semana de permanencia en Kabul fui por todos lados en el afán de no perder detalles. Pero todo cansa y cuando quise abandonar el país me di cuenta que no iba a ser fácil porque había pocos vuelos y estaban todos ocupados.


Una importante mesa de dinero en una calle de la capital
(Con un click sobre la fotografía se agranda la imagen)
Había conseguido la visa para Uzbekistán buscaba un boleto aéreo para no tener que volver a padecer la carretera y en todas las agencias me decían que no había un asiento para los próximos 6 meses. Entonces, pensaba remontar el camino Kabul, Kandahar, Herat, Irán Pero un señor me mandó a una tienda de frutos secos y de ahí me derivaron a una casa de familia custodiada por gente armada donde me hicieron pasar, les explique mi problema. Ellos se mostraron muy amables, de inmediato hicieron que escriba en un trozo de papel mi nombre y me pidieron que les entregue una suma razonable de dinero. Cumplí con sus requisitos y 30 minutos más tarde llegó un mensajero con mi boleto. Me lo entregaron, les saludé y marché sin saber quienes eran o a qué se dedicaban. A veces la vida traza caminos muy extraños.

Aventura pura y dura; a las 4 de la mañana salgo a la calle para ir al aeropuerto. Por aquí con poca luz te pueden disparar de un puesto de guardia o matar un terrorista. Así está la situación cuando me pregunto si a esta hora y en estas condiciones  trabajan los taxistas. Tuve suerte y un puñado de minutos más tarde consigo un servicio que me lleva camino al aeropuerto. Pero antes de llegar en un puesto nos detienen y exigen que abandone el vehículo. Entonces, protesto de forma aireada de esa que tantas veces funciona y no hay caso; tengo que esperar como el resto de personas, que ya lo hace a una distancia prudente de la estación aérea. 


Aquí sólo comienza el absurdo, después de algo más de una hora de espera se abre, por delante y por detrás, un container que me hace pensar: «Allí dentro deben de tener un escáner para observar personas y equipajes al mismo tiempo». ¡Qué iluso! Cuando llega el momento un militar hace pasar a las mujeres por el costado. “¿Por qué no las revisa a ellas?", buena pregunta. No es que la máquina las discrimine, sino que en medio de aquel contenedor vacío hay un soldado que palpa de armas a la gente que ni tan siquiera posa su equipaje. ¡Qué torpes! “Imaginen que alguien lleve, por citar un ejemplo, cincuenta kilos de explosivos en sus maletas…”.
Más adelante es el turno del verdadero escáner, donde un solo hombre controla la pantalla pero como está solo no puede controlar si la gente pasa los bultos por la máquina. ¡Qué desastre! Hubo más controles… y más absurdidades… que prefiero olvidar mientras que de la higiene del avión y la tripulación de la compañía de bandera mejor no hablar.

En el siguiente mapa marco en color naranja mi viaje por tierra desde Tajikistán hacia a Kabul y en verde mi salida por vía aérea  desde la capital afgana hacia Uzbekistán con una parada previa  en Mazari Sharif

Desde mi óptica lo más bonito de la zona es el espectáculo que despliegan las montañas que se desvanecer en el llano.


Que bonito sería saber que Afganistán acaba de despertar y su  pesadilla ha terminado

Otro país que está quedando atrás. Me voy sin nostalgia y con la promesa de volver si algún día las cosas cambian. 
Pero el show de la vida no puede parar, entonces, mientras esperamos que se produzca el  milagro seguimos viaje.  Para continuar yo voy a regresar al aeropuerto y ustedes solo tienen que pinchar el enlace: "Uzbekistán"

Uzbekistán

Los puntos verdes marcan mi salida en avión desde Afganistán hacia Taskent, capital de Uzbekistán y los de color lila muestran el camino de ida y vuelta a Samarkanda.

Los círculos rojos indican el enlace aéreo  con Muynak en el Mar de Aral y los puntos rosas  marcan el recorrido a través del desierto de Karakún para antes de salir del país hacer un alto  en la ciudad monumental de Bukhara.



Llegué cansado y me hospedé donde pude y no donde hubiese querido; era un hotel de esos de estilo soviético con pasillos infinitos que el ejército ruso solía utilizar en los tiempos de la guerra contra Afganistán. Las paredes de los cuartos todavía muestran escritos de aquella época. Después de un día de estos deseo acostarme y ganar el sueño pero antes necesito un baño, entonces, siguiendo las indicaciones voy camino a las duchas. Cojo por el corredor hasta el final, luego bajó unas escaleras y enlazo con otro pasillo. Tengo la sensación de que buscando los baños voy a llegar a otro pueblo. ¡Por fin los encuentro! Una docena de compartimentos en estado calamitoso. Intento escoger el mejor pero encuentro que hay muy  pocas diferencias; todos tienen los posa-toallas oxidados y ninguna de las puertas se puede cerrar desde adentro pero por fortuna están limpios, hay agua caliente y para uno que sabe hacer el indio es más que suficiente.
Bazar
A la mañana siguiente me levanto temprano y voy por las últimas dos visas que necesito para terminar de visitar la zona. Ya lo sabía pero uno siempre carga con la esperanza de que salgan mejor las cosas. Pasado el medio día dejo las embajadas de Turkmenistán e Irán con respuestas buenas y malas. Ambos países están dispuestos a darme una visa de tránsito pero es la demora que representa un problema. De todos modos este tipo de viajes parte con una base y es normal que desvíos y complementos vayan surgiendo en el camino. Uno realiza el esfuerzo y se deja su dinero para visitar estos sitios y, además, tiene que soportar sus incoherencias. Para obtener la visa del siguiente destino necesito primero la visa del estado sucesivo. Entonces dejo mi pasaporte en la representación de Irán y salgo pensando que yo no puedo permanecer todos estos días aquí. Y no iba a hacerlo. La ciudad es moderna; doy un paseo por la ciudad para ver lo típico, el bazar, algunos edificios emblemáticos y sobre todo la gente que con sus costumbres hace el espectáculo. Sin insistir surge una idea: “Esta noche voy a salir de fiesta y mañana cuando me levante voy a utilizar el tiempo de espera para visitar una ciudad mítica.

Misterios y leyendas entre los muros de
Samarkanda
El solo hecho de pronunciar su nombre eriza los bellos. La ciudad está anclada en el que fuera un punto estratégico de la Ruta de la Seda desde el año 700 a. C. cuando era la capital del Imperio Persa de Aqueménida. En el 329 a. C. fue conquistada por Alejandro Magno y más tarde saqueada repetidas veces por árabes y mongoles. Cada vez que cayó Samarkand se supo levantar. Fue y es hermosa pero la codicia del hombre no la deja reposar y en este momento hay un movimiento clandestino que lucha para que pase a dominio de Tayikistán.
Fue un viaje de ida y vuelta; de regreso a la capital recogí mi pasaporte lo llevé a otra embajada y un día más tarde tenía todo listo, entonces, en el afán de recuperar algo del tiempo perdido voy a viajar hacia el extremo oeste del país en avión.
Dominado por la curiosidad, ante una combinación de hechos tremendos, que debería tener presente el mundo entero, retraso de momento algunos quehaceres y voy en busca del mar perdido. En el sitio donde voy a empezar el recorrido encuentro la estatua de un pescador con un esturión en mano, que se esfuerza sin éxito por recordar los buenos tiempos del pueblo. Las aguas de la que fuera una importante aldea sobre la costa del mar Aral se retiraron tan lejos que desde el puerto hasta donde alcanzaba mi vista solo veo desierto salpicado por algunos restos verdosos, que crecen gracias al limo de lo que fue el fondo marino. Más adelante, lejos de la zona urbanizada encuentro un gran número de cascos, de naves de distintos tamaños, que una vez navegaban estas aguas y ahora luchan para no ser devoradas por la arena. Una imagen desoladora y triste; toneladas de hierros oxidados yacen, aquí y allá, sobre el dorado y ocre de la sabia. Muertos en la batalla, esperando en vano que regresen las aguas. “Catástrofe y muerte, dos cosas marca registrada del hombre.”
Imágenes del desastre del Mar Aral
En el mar Aral desembocan dos ríos pero antes de la catástrofe la renovación de su masa de agua dependía de todos los países de Asia central donde se encuentran las grandes montañas que alimentan los afluentes. Durante el régimen soviético, se decidió sacrificar el mar Aral para irrigar los campos destinados a la cosecha del algodón. «Vaya ecuación más tonta: “Algodón sí, peces no”». Para sacar adelante alguna década de fuertes cosechas tuvieron que contrarrestar la salinidad del suelo con grandes cantidades de agua, que era interceptada en su camino natural hacia el mar. No solo saquearon su agua, también la envenenaron por el uso de gran cantidad de pesticidas; estas sustancias fueron arrastradas hacia los ríos y llegaron para contaminar el mar. Hoy todos aquellos abusos que sufrió el Aral lo llevaron a perder más de la mitad de su superficie. Las plantas y árboles, literalmente, desaparecieron de su entorno. Veintiocho de las treinta y dos especies de peces que poblaban un mar que producía cuarenta mil toneladas de pescado al año, no lograron sobrevivir debido al aumento de la concentración de sal por la disminución del agua. Por otra parte, los pesticidas que una vez estaban alojados en el fondo de las aguas, hoy están depositados sobre aquella arena expuesta al viento que lleva, de aquí para allá, la muerte. Las consecuencias son tremendas porque nubes tóxicas producen infecciones respiratorias, problemas en la piel, los ojos y muchas complicaciones más. A todo eso hay que agregarle la mala calidad del agua; aquí enfermedades como el cáncer han alcanzado niveles máximos, un altísimo porcentaje de los bebés mueren antes de nacer y una cantidad preocupante a niveles extremos, llegan al mundo con malformaciones.

“Empujados por nuestro fanatismo, egoísmo y en algunos casos por falta de saber de todo eso y de mucho más somos capaces. ¿Hasta cuándo?”

Con la tristeza clavada en mi pecho regresó al pueblo, no como ni bebo nada que no venga envasado de lejos y para citar un ejemplo el agua mineral es de origen turco. Las dos caras de la moneda; la alegría la ponen un grupo de niños que juega con un balón en la calle, mientras la angustia se hace fuerte en los mayores. La esperanza de vida en esta zona no supera los cuarenta y cinco años y el cáncer en estado terminal en muchos casos incluye un olor feo que escapa con el habla. Vine aquí para ver, ver para protestar y rogar para que esto no suceda nunca más.
“El Aral es parte del mundo que tenemos pero sin duda no el que deseamos. Les recuerdo que la culpa es nuestra.”
Volé hacia el Oeste y voy a regresar en autobús hacia el Este, a través del desierto de Karakún.
En este integrante de Asia Central también la corrupción supera todos los límites. Antes y después de las zonas urbanizadas la policía —bajo ese nombre en Uzbekistán operan mendigos y ladrones— elige un punto en el camino y allí monta su propio negocio. A veces exageran tanto que entre uno y otro apenas si respetan un gap de distancia. Por aquí es costumbre que en cada puesto el conductor se baje con un billete pequeño y se lo entregue sin más. El problema y las demoras prolongadas surgen con el aburrimiento de los policías a los que les encanta hurgar entre las cosas de los extranjeros que por esta parte del mundo son lo más parecido a los extraterrestres.

El desierto de dunas de arena roja alternadas con piedra calcinada es precioso pero la sensación térmica que alcanza los cincuenta grados centígrados y horizontes lejanos desalienta a los viajeros. Sin duda no es mi caso porque a mí el calor me fascina y el terreno vacío me llena el alma.

Bukhara
Bukhara o Bujará
Es la puerta Oeste del desierto de Karakún, la ciudad que también está en el recorrido de la ruta que antaño unía Oriente a Occidente se presenta como una joya arquitectónica donde no hace falta tirar demasiado de la imaginación para que nuestro espíritu cruce el puente que conduce al pasado.entro de la muralla exterior encontramos la Ciudadela de Ark, una fortaleza amurallada que contenía el palacio del emir, mezquitas, el centro de administración de la ciudad e incluso la cárcel. Por los bombardeos del Ejército Rojo en el año 1920, una parte del interior se encuentra en ruinas pero, de todas maneras, vale la pena la visita.
Complejo de la mezquita incluido el
 Minarete de Kalyan
La vida comercial que arrastra la ciudad desde que fuera un importante componente de la Ruta de la Seda se desarrolla en la zona denominada: “Los tres mercados”, donde la actividad se anima debajo de una seguidilla de cubiertas abovedadas que unidas entre sí forman galerías. El sector del oro es increíble pero para mi gusto tanto brillo junto cansa, entonces después de unos minutos cambio recorrido dejo el bazar y continúo por el centro histórico donde destaca el complejo de la Po-i-Kalyan mezquita y su minarete llamado: “La Torre de la Muerte”, porque hasta hace muy poco solían ajusticiar a criminales arrojándoles desde la cima.
Dos días aquí y doce en total en el país es sinónimo de misión cumplida, ahora no muy lejos de "Turkmenistán" me preparo para seguir camino. Les recuerdo que pinchando el enlace anterior siguen viajando conmigo.
Desde ya gracias por hacerlo.  

Tayikistán

En el mapa los puntos blancos marcan mi recorrido. El color verde indica el trayecto ideal que no fue permitido y el naranja muestra la continuación del viaje desde Dushanbe capital de Tajikistan hacia Afganistán.



Después de cruzar la frontera me detengo en la ciudad de Isfara, retiro papel de moneda local de un cajero y voy a caza de un transporte. En esta tarea siempre complicada hay que hacer que dinero actúe como en el casino la banca. Ellos son curiosos, preguntan y yo les hago saber lo que quiero. Así empieza el juego, después me muestro desinteresado y vamos a ver que sale de todo esto. Cuando logro descubrir el precio mínimo elijo el coche, toreo al chófer con esa cifra, él acepta y nos ponemos en marcha. Dejamos la ciudad por el Oeste y cogemos por el valle de Fergana, donde los minerales dibujan sobre las montañas marrones interminables franjas blancas y rojas. El panorama es precioso y el sembrado que se antepone a las cumbres parece ser su alfombra verde. La cordillera obliga al camino a dibujar una elipse prolongada; atrás queda el río Syr Darya y, con este, su hermoso valle.

Autobús de línea regular
Más adelante: «Si alguna vez hubo carretera, quien la robó que la devuelva.»
A la orilla de la línea que siguen los vehículos, es imposible llamarle camino, las gasolineras por la falta constante de electricidad no disponen de surtidores y despachan el combustible, que almacenan en contenedores de vidrio o de lata, con medidas dudosas. 


Gasolinera
En un sitio de estos mientras llenamos el depósito me  llama la atención ver que los conductores se detienen para cambiarse de ropa. Guardan lo que se quitan en bolsas de plástico y parece que lo remplazan por lo peor que tienen. Les observó y familiarizado con extravagancias de otros pueblos no me molestó en preguntar: ¿Por qué hacen eso? Tiempo al tiempo, más adelante llegará la respuesta pero antes de hacerlo, por culpa de una piedra filosa, hay que cambiar la cubierta y el único que arregla ruedas en este sitio es un haragán con dos ayudantes de corta edad que bajo sus indicaciones hacen el trabajo. Parece que los pobres chiquillos no van a terminar nunca y no me quedo para verles sufrir con esa rueda. Doy un largo paseo por este pueblo que, además de unas absurdas tuberías que transportan gas, no tiene nada y cuando regreso encuentro el coche pronto para seguir la marcha. Habíamos perdido mucho tiempo y el conductor hace un intento de recuperar pero era una empresa imposible porque posos y rocas no le permiten acelerar más su pobre taxi.

Hace tiempo que estamos subiendo y prácticamente han desaparecido los pastos del terreno cuando los últimos hilos de hierba me regalan una escena que sin duda una multinacional telefónica podía utilizar en una exitosa campaña publicitaria. Acabo de ver a   a un pastor hablando con su teléfono móvil. “Un pastor”, aquel que por milenios se destacó por ser un solitario ahora la tecnología le pone el mundo entero a portada de mano. Detrás de cualquier curva el viento aparece y desaparece echando carreras por sus propios caminos. La temperatura sigue bajando y las condiciones se ponen feas.

Nos detenemos, me acerco al borde de un precipicio y desde esta posición describo el panorama como un par de almas en medio de la nada y un camino que traza líneas, una sobre otra, en la silueta de las montañas. Ahora sí sé porque aquellos se cambiaban de ropa. Antes de continuar me coloco un pañuelo para evitar seguir tragando polvo.

Vendedores de carbón  y fruta que
con paciencia  esperan compradores
en el desierto

La que de ninguna manera se puede llamar carretera busca el cielo y las carcasas de los desafortunados vehículos despeñados invitan al viajero a tener prudencia. La llegada de nubes prepotentes ahuyenta al sol y el entorno adquiere un fondo gris que al paso algún todoterreno potente se transforma en marrón de polvo que nos envuelve y nos obliga a detenernos para esperar que se asiente. Dentro de este cuadro hostil aparece, frente a nosotros, una montaña de color negro. Un gigante de carbón mineral donde hay trazada una línea empinada que todavía seguía trepando, mientras el ángulo de inclinación se puede deducir por la lentitud con la que suben los transportes pesados. Allá arriba, a más de tres mil doscientos metros altura, está el paso.

¡Qué bonito!

En la cima los termómetros viajan por debajo de cero pero las malas condiciones son incapaces de restar emoción a este momento.

Comenzamos el descenso, pienso que lo peor ha pasado y mal que hago por pensarlo. Bajando en caracol nos encontramos con algunas cuadrillas que parece que están arreglando pero que van a reparar, si aquí no hay nada. Estoy seguro de que la gente del llamado “Primer mundo”, no sabe que algunos de sus semejantes están obligados a transitar por sitios en estas condiciones. “Creo incluso que un altísimo porcentaje, ni siquiera sabe que existiesen lugares inhóspitos de ese tipo.” Temo que llueva, las probabilidades son escasas porque en la zona reina el desierto pero si lo hace, entre los vidrios del vehículo que no levantan y todo el polvo que llevamos encima vamos a terminar convertido en jarrones de cerámica.

Mezquita

 Después de bajar algunos cientos de metros encontramos un hilo de deshielo que baja de la montaña, entonces, aprovechando las últimas luces nos detenemos para beber, lavarnos un poco la cara y con mayor atención los ojos. Sorpresas que nos depara el camino; cuando me acercó a la vertiente descubro que es el agua de una muy pequeña edificación de forma cuadrada fabricada con palos y lona que hace las veces de mezquita. Entonces, saludó a los señores musulmanes que están allí de culto, hago mis cosas y cuando termino continuamos camino. Otra vez subimos, poco informado pregunto… y creo entender que mi compañero responde que hay otro paso a más de 4000 metros. “Vaya locura”, pienso cuando llegamos al túnel de Anzob. (Pinchra sobre el enlace anterior para ver un muy buen corto  realizado por otro aventurero, a él muchas gracias)

Entrada al túnel de Anzob

La noche había bajado el telón y una luz iluminaba 
tan solo el ingreso. Entonces veo que ningún vehículo liviano intenta pasar directamente y todos se detienen en una explanada cerca de la entrada para envolver con cinta y plástico las partes eléctricas más delicadas para evitar que se mojen. “¡Sí! Porque el túnel además de estar a oscuras en algunos lugares se presenta alagado”. Después de cubrir las partes con un batido de inconsciencia y audacia nos lanzamos al cruce. ¡Terrible!, además, de los problemas ya enumerados, el túnel es muy extenso, son momentos de tráfico intenso, no cuenta con ventilación mecánica y la acumulación de monóxido de carbono nos pone en jaque. Llegamos del otro lado muy mal; estamos mojados, con frío y no podemos detenernos porque estamos en medio de nada. Por fortuna donde el hombre resta, la Naturaleza y los astros suman. Hay buena luna y las cumbres se acomodan para que la Señora Blanca pueda iluminar el camino. De valle en valle, siguiendo el curso del agua, vamos bajando y cuando los relojes marcan media noche entramos en Dushambé.
Dushambé

Esta capital que se levanta a orillas de un río, tiene una avenida principal arbolada donde destacan algunos edificios históricos. Sus habitantes son majos y llama la atención los vestidos de colores que llevan las mujeres, aquí la mayoría son musulmanes. Esto que acabo de describir lo comencé a ver al día siguiente porque cuando el taxi me deja frente al hotel…  comienzan mis problemas. Las puertas están cerradas, golpeo y nadie me abre. Hay otros 2 hoteles. Muy enojado le pago lo que me pide al desgraciado de turno que me ofrece un servicio, me lleva y ambos casos tampoco me atienden.

Hace frío y como soy incapaz de pegar un ojo en un lugar donde no me fio ni un pelo, camino hasta una parada de autobús y me acomodo en el banco. Parece que llevo días aquí sentado cuando solo han pasado diez minutos. Entonces veo que pasa un viejo Jeep soviético de la policía, me vieron y regresan. ¡Mierda!
Son 3 y de forma descarada vienen para robarme. Sé cómo son por aquí y les recibo preocupado pero la vida es un juego permanente y este capítulo vamos a jugarlo. Me piden el pasaporte y se los entrego. En realidad el documento no les interesaba es solo un paso protocolar antes de pedir revisar el equipaje. Les dejo ver la mochila grande, son curiosos, tocan todo e incluso miran si les va bien el tamaño de mis prendas. Algunos minutos más tarde les caía la baba mientras me pedían que les entregue mi mochila más pequeña… Son 3 que meten mano a mis cosas y me tengo que empeñar al máximo para evitar que me roben algo. En ese momento encuentran un multiuso suizo y creo que me están acusando de llevar un arma. Les digo que es un elemento común que los viajeros utilizamos para comer una fruta, por citar un ejemplo. Pero lo que yo digo nos les interesa, se hacen los locos y piden dinero. Toda la comunicación era a grito pelado y con mímica porque estos malos policías no hablaban otro idioma que no sea el suyo. Querían revisarme, pero yo no cedía y les hacía entender que para hacerlo tenían que llevarme detenido y con cargos. Llevaba 500 euros y de ninguna manera estaba dispuesto a dejar que le echen mano a mis billetes. Llevo 25 años viajando y aunque lo intentaron en más de una oportunidad jamás nadie logro robarme nada delante de mis narices. Sabía que este viaje iba a ser complicado y a mi manera venía preparado. Gracias a una reciente operación de implante capilar tengo una cicatriz que cruza de un lado a otro mi cabeza, entonces, llevo el cabello rapado para que se vea. Las cosas se están complicando y como último recurso finjo un ataque de locura y cuando veo que logre desconcertarles me giro para que puedan ver mi cicatriz. Entonces, se asustan y me piden que me calme. Siguiendo mi actuación lo hago con cara de pocos amigos y tal como indicaba el guion ellos me preguntan qué me pasó. Con mímicas de teatro les explico que me serrucharon la cabeza, levantaron la tapa de los sesos, me repararon cosas y volvieron a cerrar. Nunca voy a olvidar esos rostros expresando preocupación y asombro cuando les hice entender que después de todo eso había quedado mal. A partir de ese instante los maleantes se olvidan de sus malas intenciones pero no de sus malas costumbres. Bajan el tono, de buena manera me hacen entender que tienen hambre y me piden algo de dinero para comprar comida.
“En un principio estaba perdido en las garras de esta manada de lobos y ahora tengo la situación bajo control. Será mejor que con algo de dinero compre su amistad”. Eso fue lo que pensé y les di 10 dólares. ¡Qué alegría cuando vieron el verde! Poco o mucho dentro de sus códigos habían sido capaces de sacarme dinero y eso significaba haber ganado la batalla. Entonces, intercambiaron algunas palabras entre ellos, después uno cogió el vehículo y desapareció para regresar un rato más tarde con una botella de agua y comida. A toda prisa montaron una mesa en el mismo banco y comimos. Con el estómago lleno comienzan a preocuparse por mi situación. Dicen que no estoy en condiciones para pasar la noche en la calle y cosas de esas… Yo, por mi parte intento que entiendan que el hotel está cerrado y después de varios intentos lo consigo, entonces, el jefe dice: ¿Cómo que está cerrado? ¡Vamos para allá! En estos momentos no estoy en condición de escoger y vamos rumbo al más caro de los tres. Efectivamente, estaba cerrado para mí pero no para ellos que entre todos patean la puerta y con sus pistolas en la mano mientras repiten lo que parece decir: “¡Abran la puerta!” ¡Policía!”. Minutos más tarde llega el recepcionista con cara de dormido y blanco por el estado de pánico. Tiembla y no puede colocar la llave, desde afuera lo reprenden de manera acalorada, razón que agravaba la situación. Por fin consigue abrir, después de muchas palabras en censo único parece que el oficial que está al mando le dice que necesito una habitación, entonces, con premura por salir de esa incómoda situación el empleado se pone en marcha. Pero yo aprovechado mi influencia y lo detengo, le muestro mi reloj al policía y le digo: “A esta hora no me vas a hacer pagar por esta noche”. Fue como haberlo dicho en ruso, aquel entendió y refiriéndose al empleado le dijo: “Va gratis”. Era una suite inmensa que contaba con sala de estar, un lugar para echar un baile, había cuadros preciosos e incluso una entera pared la ocupaba una biblioteca. Muerto de sueño, posé mi mochila y me sumergí en una cama inmensa. Lo primero que hago en la mañana es intentar cambiar de cuarto porque estoy seguro de que una noche allí cuesta una cifra. Buenas y malas sorpresas, me dicen que los extranjeros solo pueden ocupar habitaciones de este tipo, de todos modos, no pague la primera noche y, además, como había llegado recomendado por la policía me hicieron un descuento. Al final cansado de hoteles de mala muerte por 150 dólares pase 3 días en ese paraíso.

Visas para seguir adelante
Voy a la embajada de Afganistán me recibe el cónsul y me pregunta: “Para que quiere ir a mi país”. “Para ver cómo está la situación”, respondo. Y me contesta: “Pues pague una estampilla de 30 dólares y desde ya le doy la bienvenida”.
Pero cuando estas palabras me acercaban a un nuevo país la distancia todavía me mantenía muy lejos. Pregunto y me dicen que para ir hacia el Sur tengo que ir a un mercado desde donde salen los coches en esa dirección. Cojo un trolebús, llegó hasta allí y me informo con la intensión de ponerme en marcha al día siguiente. asfalto, solo hay una línea irregular por donde viajan los vehículos. No conozco el nombre del lugar hacia donde voy pero en realidad lo único que me preocupa es atravesar este desierto. Durante el trayecto subieron y bajaron otros viajeros mientras que a este edificio rodeado por algunos árboles llego como único pasajero. Bajo y pregunto: “¿Dónde está Afganistán?”. Entonces el conductor me señala una choza donde funciona un restaurante y me hace entender que coma y no me preocupe.Desde aquí salen los trenes que recorren distancias monstruosas por el todo el territorio de la antigua Unión Soviética, pero yo voy hacia el Sur y en esa dirección ni siquiera hay asfalto. Preocupado no estoy, despistado de aseguro. En esas condiciones me acercó a la muchacha que está a cargo, inútil hacerle preguntas, señalo un plato y me sirve. Una hora más tarde viene un soldado y me dice que le siga. Cruzamos un boquete en un muro y entramos a lo que parecía un puesto de frontera, pero las cosas no me cuadraban porque me faltaba el otro lado. Allí soy víctima de otro infructuoso intento de quedarse con mi dinero. Después de su fracaso, me sellan el pasaporte y me señalan el camino, detrás de un portón aparece una camioneta con gente que lleva horas allí dentro. Por suerte cuando subo llega el conductor y partimos rumbo al río. Desde la ribera vemos que más allá hay un puente pero está destruido. El curso de agua tiene más de 300 metros de ancho. “¿Y ahora…?”, no termino de hacerme esa pregunta cuando uno de los soldados que está de guardia coge su Kalashnikov y dispara una ráfaga al aire. Esa señal hace que del otro lado se ponga en marcha un barco viejo que viene a buscarnos. Sin duda es emocionante porque después del río asecha el peligro y en el afán de despistarlo voy a entrar en "Afganistán" por la puerta de servicio. Pinchar en el enlace para seguir adelante.